
Este señor rojo como la grana que se parte de risa y esta señora, menos roja, pero igual de divertida son mis padres. Él nació en Markina en 1923 y ella en Güeñes en 1927, usease, 85 y 81 años, respectivamente. Y ahí los tenéis, como niños que han hecho una trastada. La foto tiene ya sus buenos ocho años y es del día en que celebraron sus bodas de oro (50 años de matrimonio, tela).
Mi padre tiene un pequeño problema. Recientemente visitó a su doctora, tras hacerse unos análisis, y tuvieron la siguiente conversación:
- Pues todo bien, Aurelio (al loro, mi padre tiene 3 nombres, Aurelio es sólo el primero, le siguen Angel y... Trinidad, me mondo). Los análisis, perfectos, la glucosa controlada. Está muy bien.
- Eso no puede ser.
- ¿Por qué no? Mire... está todo bien.
- Imposible.
- Pero, ¿por qué?
- Porque soy toxicómano. (Imagináos la cara de la doctora cuando un señor de 85 años le dice que se mete...).
- ¿qué me dice, Aurelio? ¿¿toxicómano??
- Toxicómano, sí. Toxicómano de la guindilla. Si no hay guindilla, no como.
Creo que la doctora todavía se está secando las lágrimas.
En cuanto a mi madre (María Teresa), una de las primeras cosas que hace por las mañanas es ojear las esquelas del periódico. La escena se repite todos los días y es más o menos como sigue:
- (echando un vistazo general a las páginas) Jesús! Los que han dejao de fumar! Madre mía, serán gilipollas! Mejor estarían en sus casas. En fin, voy a ver si estoy yo...
- (tras repasar todas las esquelas) Pues no, otro día que no viene mi foto. Que me esperen muchos años.
- (yo) Mamá, lo jodido es que el día que vengas no te vas a ver.
- Pues eso digo yo, que menuda mierda.
Amores míos, sé que no estáis en vuestro mejor momento, andáis un poco desanimaditos estos días. Yo, desde aquí, os hago este pequeño homenaje (muy pequeño, desde luego) para recordaros que vuestros hijos (no sólos los naturales, también los políticos) y vuestras nietos/as os quieren con locura (me permito hablar así de los sentimientos de los demás porque sé que son estos), que vamos a estar siempre ahí, como vosotros habéis estado durante toda la vida, que queremos que sigáis regalándonos momentos como los que acabo de narrar durante muchos, muchos años y que no os olvidéis de sonreír porque es muy sano y a nosotros nos hace felices.
UN BESO ENORME A LOS DOS.
Y para los demás, (ay, qué tierna me he puesto hoy, madre), mis más sinceras gracias por leer esta pastelada dedicada a mis encantadores progenitores. Muas, muas.